La forma habitual de vender automatización es por proyecto: se acuerda un alcance, se construye el flujo, se entrega con su documentación y se factura. Limpio, acotado y fácil de presupuestar.

Y casi siempre termina igual. A los seis meses alguien cambia el nombre de una columna, Microsoft actualiza un conector, la persona que autenticaba la conexión se va de la empresa, o entra un caso que nadie había previsto. El flujo falla en silencio —eso es lo peor de los flujos, que fallan en silencio— y la empresa vuelve a hacerlo a mano. Meses después, nadie recuerda que aquello existió.

Por eso mi modelo es una implantación más una cuota mensual por hacerme responsable del proceso.

No es soporte, es propiedad

En un contrato de soporte, tú detectas que algo falla y me escribes. En este modelo, el que vigila soy yo: reviso los historiales de ejecución, veo los errores antes de que los vea nadie y arreglo lo que haya que arreglar sin abrir una conversación sobre si eso entraba en el alcance.

La diferencia no es de precio, es de a quién le suena la alarma.

Lo que entra en la cuota:

  • Vigilancia de los flujos y de sus ejecuciones fallidas.
  • Incidencias y arreglos, sin discutir si estaban previstos.
  • Cambios menores: un campo nuevo, un destinatario más, un texto que ya no vale.
  • Documentación viva, actualizada cuando cambia algo.

Lo que no entra, y se presupuesta aparte: un proceso nuevo, o una ampliación que cambie la forma del circuito.

Cómo cambia lo que construyo

Esta es la parte que no se ve desde fuera. Cuando sabes que vas a convivir con lo que construyes, construyes distinto.

Dejas de usar el atajo que funciona hoy y se rompe cuando la lista crece, porque el que va a recibir esa llamada eres tú. Documentas de verdad, porque dentro de ocho meses el que va a leer esa documentación eres tú. Evitas la herramienta de moda que igual no existe el año que viene. Y dejas de autenticar los flujos con la cuenta personal de quien estaba delante ese día, porque sabes perfectamente qué pasa cuando esa persona cambia de puesto.

El proyecto cerrado premia terminar rápido. La cuota premia que no vuelva a sonar el teléfono. Son incentivos opuestos, y se nota en el código.

La objeción honesta

«Entonces me interesa que sea complicado, para que dependa de ti.»

Es una objeción justa y la respuesta es la misma para todos: la documentación es tuya desde el primer día, los flujos viven en tu entorno y no en el mío, y las conexiones se pueden pasar a una cuenta de servicio de la empresa cuando quieras. Si un día decides llevártelo dentro o dárselo a otro, te lo entrego con el mapa.

Lo que estás pagando no es un rehén, es no tener que pensar en ello.

A quién le encaja

Esto funciona bien en empresas que tienen entre diez y doscientas personas, algún proceso crítico que hoy depende de que alguien se acuerde, y ninguna intención de contratar a un perfil técnico a jornada completa para vigilarlo.

No encaja si lo que necesitas es una automatización de una sola vez, sin recorrido —una migración, un volcado de datos— o si ya tienes equipo interno de Power Platform. En esos casos lo digo, cobro el trabajo puntual y no vendo una cuota que no vas a aprovechar.